Este artículo es parte de una serie basada en la investigación del libro El círculo de la rosa (Torrivilla, 2024), una investigación histórica experimental sobre Roberto Obregón y su grupo de amigos. Si quieres explorar esta historia en profundidad, más información aquí.
Hay un momento en el epílogo de El círculo de la rosa que lo cambia todo. La historiadora cubana Yolanda Wood Pujol le dice al investigador algo que, en principio, suena extraño: esta investigación no puede ser solo una hipótesis histórica. Tiene que ser una propuesta crítica. Y luego viene la frase que organiza todo el libro:
Inventarse el grupo. No describir uno que ya existía. Sino construir, desde la escritura y la crítica, una constelación que los propios artistas nunca quisieron constituir oficialmente.
Eso es Accrochage. Y esa operación —inventar un grupo desde la crítica— es una de las propuestas más importantes del libro, referencia para cualquier estudiante o investigador de arte.
Roberto Obregón, Eugenio Espinoza, Héctor Fuenmayor, Sigfredo Chacón y Alfred Wenemoser nunca se conformaron oficialmente. No redactaron un manifiesto tradicional. No posaron para una foto de equipo. Sigfredo lo dice sin rodeos: "Nunca pretendimos ser un grupo formal, pero sí éramos un grupo de amigos."2
Esa resistencia a agruparse no era ingenuidad ni desorganización. Era una estrategia. Su hermetismo y su marginalidad dentro del sistema artístico venezolano eran, vistas con perspectiva, "prácticamente un ethos", escribe Torrivilla en el epílogo.3 Una posición filosófica disfrazada de indiferencia.
El problema es que esa posición los hizo casi invisibles para la historia del arte. No solo por su propio hermetismo, la historiografía venezolana ha concentrado su atención en inscribir a los artistas constructivistas dentro de los cánones modernos, un proceso que, según el curador Luis Pérez-Oramas, hizo que las prácticas conceptuales sufrieran "hasta hoy, el peso oscurecedor del poderoso pensamiento de los maestros constructivistas sobre su fortuna crítica".4 Si no hay grupo, no hay nombre. Si no hay nombre, no hay entrada en el catálogo. Si no hay catálogo, no hay historia.
Ahí es donde entra la crítica.
Existe una idea muy cómoda sobre qué hace la crítica de arte: describe lo que los artistas ya hicieron, explica lo que la obra significa, sitúa el trabajo en un contexto. El crítico llega después, cuando el polvo ya se ha asentado.
Pero esa imagen es falsa, o al menos incompleta. La crítica también constituye. Nombrar a cinco artistas como Accrochage es un acto que los transforma. Les da una órbita común, una legibilidad que antes no tenían, un lugar desde el cual pueden ser entendidos en relación unos con otros.
Así también se puede hacer historia del arte, desde la honestidad sobre sus propios mecanismos. La investigación de El círculo de la rosa lo asume con transparencia: quiere construir el montaje —en el sentido que le da Georges Didi-Huberman a esa palabra— que permite que el grupo aparezca, que sus vínculos se vuelvan legibles, que su acción conjunta cobre sentido.
El montaje "escapa a las teleologías, hace visibles los restos que sobrevivieron, los anacronismos, los encuentros de temporalidades contradictorias".5
Esta es una forma de hacer aparecer lo que la historia oficial dejó atrás, lo que la institucionalidad todavía no entiende.
El montaje del grupo, además, se hace confrontándolos con sus propias intenciones. Ese es el giro crítico que separa este trabajo de la hagiografía. La investigación de El círculo de la rosa no busca inscribir a Accrochage en el canon como si fueran héroes olvidados que merecen su estatua. Al contrario: la crítica tiene que transitar junto a ellos "los laberintos de su descontento", como escribe Torrivilla.6
Esta construcción, además, pone atención sobre el círculo artístico, institucional y crítico que les abrió puertas a lo largo de su historia: Gego, Bélgica Rodríguez, Clara Diament de Sujo, Lourdes Blanco, Margarita D'Amico, Susana Benko, Zuleiva Vivas, Ruth Auerbach, Tahía Rivero. Nombrar a Accrochage es señalar que aunque no incluyeron a mujeres dentro de sus filas, hay una dinámica institucional que provenía de ellas. El libro deja como tarea pendiente entenderlas mejor.



La pregunta que abre este artículo —¿puede la crítica inventar un grupo?— trasciende el caso de Accrochage hacia cómo funciona la historia del arte en general, y sobre qué papel puede tener quien escribe sobre arte: investigador, crítico y curador.
En América Latina esta pregunta es especialmente urgente. Hay décadas enteras de práctica artística que no ingresaron al canon simplemente porque nadie las escribió con la atención suficiente, o porque las instituciones que debían conservarlas prefirieron otro tipo de relato. El arte conceptual venezolano es uno de los ejemplos más claros: prácticas en los rincones, formalmente radicales, herméticas y con un sentido del humor que operaba en los márgenes del sistema sin manifiestos claros, sin grupos formales, sin las alianzas institucionales que sus contemporáneos en Argentina o Brasil sí cultivaron.
Inventarse el grupo, en ese contexto, es un acto de insistencia que evade la nostalgia. La historia del arte siempre está en proceso. Puede rehacerse. Y quien la rehace es alguien que toma una posición, que decide qué merece aparecer y cómo.
Esa decisión es también, en el mejor sentido de la palabra, una desobediencia.
La investigación completa: ensayo histórico, ficción documental y archivo intervenido para contar la historia inédita de Roberto Obregón y los artistas de Accrochage. Profoundation, Ciudad de México, 2024.